Perdono, sí; pero no olvido

Me llamo Soledad Rivas Verdecia y soy una DAMA DE BLANCO. Mi esposo, Roberto de Miranda, fue uno de los 75 prisioneros de la “Primavera Negra”.
Debido a tanta represión mis hijos se tuvieron que ir de Cuba, a todos los vi partir y a ninguno vi volver porque aún a estas alturas no les permiten entrar ni a mí me dejan salir. También se marcharon mis nietos y otros nacieron allá. Ese es el costo a pagar por pensar un poquito diferente a lo que el gobierno exige. Pero lo voy a pagar, nunca voy a claudicar.
Somos personas pacíficas, tenemos una biblioteca en casa y, como ves, nos visitan los niños del barrio, ellos vienen a pintar, a leer, a soñar. Y eso es lo que buscamos: despertar una linda sonrisa en los muchachos más humildes.
Perdí a mi madre en un acto de repudio, escuchando aquellas cosas le subió mucho la presión y la turba enardecida no nos permitió ni llevarla al hospital. El día nueve de diciembre salimos las DAMAS DE BLANCO a marchar pidiendo la libertad de nuestros seres amados. Era víspera del día internacional de los Derechos Humanos. ¿Sabes lo que sucedió? Fuimos bárbaramente agredidas, terminé en el hospital con un policía de guardián parado al lado de mi cama y vigilándome mi suero…
Pero el peor día de mi vida fue cuando mi hija Iraidita vino a Cuba a visitarnos, yo estaba en el aeropuerto, los pasajeros salían todos y mi hija no salía. Pensé que pasaba algo o que había salido por otra puerta. Pregunté a las autoridades del aeropuerto y me dijeron que con ese nombre no había ningún pasajero en la lista de ese vuelo. Pero, entiende, las madres tenemos un sentido que no sé como explicar pero existe, yo sabía que estaba cerca, sabía que pasaba algo. Es que casi hasta la olía.
Después de muchos problemas salimos del aeropuerto. Imagínate, estamos en Centrohabana y aquí la gente es solidaria. Todos nuestros vecinos la estaban también esperando, le habíamos preparado una comidita rica y cada quien puso lo suyo. Pero al llegar a la casa me llamó mi hijo desde Miami y me dijo que a Iraidita no la dejaron entrar, que estuvo aquí en el aeropuerto y en el mismo avión que vino la viraron para atrás. Luego me cayó la bomba. Producto de los malos tratos y la tremenda emoción, a Iraidita le subió mucho la presión y sufrió una parálisis facial. Ese fue un día fatal. ¿Quién puede pagar por eso?
Mi otro hijo está en España y tampoco lo dejan entrar.
De verdad, yo nunca me imaginé que hubiese personas tan crueles. Muchas veces me pregunto de qué material están hecho, cómo es que pueden jugar tanto con el sentimiento humano.
Pero yo no soy la única y ahí es donde está lo peor porque hay muchísimas familias cubanas que están sufriendo esto mismo. Le pido a Dios todos los días que algún día me permitan abrazar a nuestros hijos, y quiero besar a nuestros nietos.
No me escondo para hablar, a quien me quiera visitar, mis puertas están siempre abiertas. Nuestra dirección particular es calle Campanario 354 entre Neptuno y San Rafael, Centro Habana. Aquí encontrarán una casa, mi casa, tu casa, humilde pero muy sincera. Muy sincera. Estamos haciendo un llamado para que el mundo se entere de estos actos tan brutales que comete el gobierno cubano para con sus ciudadanos.
Yo perdono, sí; pero no olvido. Esto tiene que acabar.
Nadie sabe lo que siento cuando mi nieta me llama y la escucho decir “Abuelita”.

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~ por Juan Juan Almeida en febrero 1, 2010.

2 comentarios to “Perdono, sí; pero no olvido”

  1. Amnistía Internacional debería leer este blog y organizar una acción a favor de estas personas que han tenido el gran valor de contarnos sus historias.

  2. Es indignante como un pais con tantos problemas les niega la salida a personas que lo unico que quieren es el bienestar propio y de sus familiares.

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