Y si el gobierno no me escucha, entonces que me escuche Dios.

Mi nombre es Carmelo Díaz Fernández, vivo en la calle Neptuno número 307, Centro habana. No intento pelearme con nadie ni intento tumbar el gobierno, solo quiero que me den el permiso de salida y la dichosa tarjeta blanca para olvidarme de todo, de todo lo que ya he sufrido.
En el año 2003 me arrestaron durante “La Primavera Negra”, fui uno de los 75 prisioneros de consciencia. No me fugué de la cárcel, me soltaron junto a otros compañeros bajo una licencia extra penal, y, al salir de la prisión, me dijeron que, si me buscaba una visa, me dejarían salir de este país. Solicité mi asilo a la embajada americana y me lo otorgaron, les mostré los documentos a los funcionarios cubanos, vinieron, me visitaron, me hicieron una inspección aquí mismito en casa, me retiraron el titulo de propiedad de mi vivienda, y así, como para molestar, me lo inventariaron todo: el radio, la cama, la mesa, el refrigerador, las sillas, cada cubierto,… todo. Digamos que me permitieron continuar viviendo aquí, pero encerrado y prestado.
El gobierno se olvidó de lo que un día me prometió y desde entonces estoy cumpliendo otra sanción, otro castigo.
Te estoy contando mi historia porque ya no aguanto más. Ojala y el mundo sepa lo único que yo le pido al gobierno cubano: Le pido que, por favor, reconsidere su actitud y me dé el permiso de salida, a mí y a cualquier otro paisano que tampoco esté dispuesto a soportar estas terribles condiciones.
No estoy pidiendo nada extraño, lo que demando está claramente plasmado en los artículos 13 y 14 de la declaración universal de los Derechos Humanos.
Y si, por alguna razón misteriosa, el gobierno no me escucha, entonces que me escuche Dios.

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~ por Juan Juan Almeida en febrero 2, 2010.

2 comentarios to “Y si el gobierno no me escucha, entonces que me escuche Dios.”

  1. Candela y pica pica, qué clase de viejo mas pendejo ese.

  2. El gobierno es dueño de todo. Que vergüenza de país!
    Cuando me fui, la casa en que vivíamos mi padre y yo, estaba pagada y a mi nombre. Todavía no había llegado el barco a los cayos de Florida cuando la casa y todo lo que estaba dentro, había sido entregada a otra familia.

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