Louis Vuitton en un chinchal de La Habana

68B6BBAA-394C-4F86-951D-C0197083395D_mw1024_n_s[1]Hace ya tanto tiempo, que apenas recuerdo, cuando fué que escuché por primera vez la frase “División Social del Trabajo” como concepto. Ese que describe el surgimiento y la separación de los distintos tipos de trabajo en una misma sociedad.
Un fenómeno que – según los ilustrados – contribuyó a elevar la productividad, crear la propiedad privada y la sociedad de clases. Amos y esclavos, señores y siervos, patrones y asalariados.

Todo esto sucedió de forma natural. Las tareas, originalmente, comenzaron dividiéndose por sexo o por grupos de edades. Después surgió la distancia entre agricultores y ganaderos; y más tarde la de aquellos que, sin producir insumos básicos, se dedicaron a construir cosas necesarias, herramientas indispensables y servicios utiles. Luego, para cerrar ese gran ciclo mercantil capaz de enlazar productores y consumidores, aparecieron los comercientes y/o los mercaderes.

Con el paso de los años, esa misma división separó la economía en sectores (industria, construcción, agricultura, transporte,….) y en ramas de la producción como la industria ligera, la construcción de maquinaria, la metalurgia, la horticultura, etc.

Parecería mentira; pero en la Cuba de hoy, la división del trabajo ha estado, poco a poco, respondiendo a esa misma secuencia que tanto se repite en la historia. Elección, herencia, necesidad, casualidad, permisibilidad, circunstanciabilidad y moda.

Imposible olvidar que durante un largo período de tiempo, todo el que tenía un auto, donde me incluyo, soñabamos con trasvestirnos en taxistas. Doctores, ingenieros, artistas, abogados, sepultureros, dirigentes, militares, policias o ambulancieros. Todos, porque llegar a un lugar y decir “Soy taxista particular” era similar a gritar “Llegó Napoleón, o Josefina Bonaparte”.

Por supuesto, las cosas han cambiado y hoy, al menos en la illusión, el nuevo furor del cubano es comprar mercadería barata, poner una tienda y entrar al casi aristocrático giro de la venduta nacional.

Casas, salones, pasillos, cuartos, garajes; con algo de imaginación cualquier espacio es transformado en un gran centro comercial.

Centro Habana, por ejemplo, es ahora lo más parecido al Gran Bazar de Estambul; demasiada mercancía para poco comprador.

En la otrora calle Monte no queda pedazo de portal deshabitado, en todos hay un mostrador (al que llaman showroom) donde se puede comprar ropa barata (o de marca falsificada), pasta dental, tubería usada, café con leche, o talco industrial.

Por lo general, estos locales se abastecen por el cuasi noble actuar de varios batallones de niños que se dedican a robar; de empleados estatales que por no desentonar le entraron gustosos al arte del hurto oficial; delincuentes que asaltan turistas; extranjeros que viajan a Cuba en plan de abaratar sus costos; cientos o miles de cubanos que hoy integran la nueva legión española; y, no pueden faltar, otros cientos de exiliados que por política (comercial) decidieron emigrar y hoy recuerdan la canción “A la escuela hay que llegar puntual”

Pero claro, cada regla tiene su excepción; también hay señores empresarios que sutiles, como la tentación, y suave como el danzón, hacen diana en La Habana. A un costado de la esquina donde convergen las conocidas avenidas 41 y 42, en el municipio Playa, hay más que tienda, salvando las enormes diferencias, que un tiendón surtido de Sarriá-Sant Gervasi, el barrio o distrito más chic de Barcelona.

Este singular chinchal que a ojos vista parece algo cutre, esconde a Roberto Cavalli, Jimmy Shoo, Michael Kors, Louis Vuitton; y todas las marcas famosas que, como sinónimo de gusto exquisito y estudiada distinción, ocupan altas posiciones en el hit parade del Prêt-à-porter nacional.

Nada, que para encontrar la verdad, hay que aumentar la creatividad.

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~ por Juan Juan Almeida en julio 5, 2013.

Una respuesta to “Louis Vuitton en un chinchal de La Habana”

  1. NADIE ES PROFETA EN SU TIERRA.QUE TRIZTE.

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