Las apuestas futuras de Cuba por Alejandro o Mariela Castro

Hermanos

Se acerca el próximo congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), previsto para el 2016; y ya algunos analistas, aplicando una lógica prudente, señalan como uno de los nombres favoritos en la lista de sucesores al trono cubano el de Alejandro Castro Espín.

Mantengan esa predicción con maravillosa gracia, pero la sola posibilidad de que Alejandro figure entre los posibles sucesores, se les va a desvanecer incluso antes de suceder. Las personas muy inteligentes suelen cometer el error de elaborar teorías tan encumbradas, que terminan levitando, separándose de la superficie y confundiendo por las manchas a un perro Dálmata con una vaca Holstein.

Es cierto, Alejandro ha sabido entrenar una proverbial habilidad en la oratoria política, actúa como un portavoz de Gobierno que lo que no sabe, lo inventa; y puede llegar a asombrar por su extraña cualidad de memorizar y repetir las obras completas de Lenin. Hoy, es una de las personas más poderosas de Cuba, por sus manos pasan las decisiones importantes del país; pero como vive constantemente perturbado entre la imagen del héroe y los versos de la Ilíada, fusiona peligrosamente la actualidad de La Habana con una epopeya Griega.

Alejandro no es miembro del Secretariado ni del Buró Político ni del Comité Central ni de la Asamblea Nacional; tampoco representa (ni dice representar) a ningún grupo social cubano. Así pues, creo que su hermana Mariela compite por el mismo puesto pero con mayor ventaja.

Alejandro escribió un libro Estados Unidos: el precio del poder que podemos encontrar traducido en varios idiomas; pero aunque se ponga a la vista es prácticamente invisible pues no consigue atrapar el respeto de artistas e intelectuales que, entre otras tantas cosas, saben que el verdadero autor de tan indigesta escritura, se llama Juan Francisco Arias Fernández, le dicen Paquito y es su fiel escudero.

Alejandro es militar, sí; también es frío, calculador y con ambición de poder; pero carece de influencia entre los mandos militares porque unos, los más viejos, crearon sus lealtades en las luchas de la Sierra Maestra; otros, los intermedios, en las guerras que Cuba sostuvo en Nicaragua, Etiopía y/o Angola; y el resto, los del trapicheo, en un mercado de influencias donde a ninguno de sus miembros se le ocurre entorpecer un presente provechoso por aferrarse a un pasado que carece de futuro.

En ninguno de los grupos castrenses cabe el hijo de Vilma y Raúl que, si bien pasó por Angola; no participó en la guerra sino que después de un accidente durante unas prácticas de tiro en Luanda, llegó a La Habana condecorado como si hubiera sufrido una herida en combate, lo que aún hoy es motivo de burla.

Claro, lo pueden designar a dedo, lo pueden hacer presidente o mariscal; pero el propio Raúl Castro sabe que el nombramiento de Alejandro sentaría un precedente que podría sobrevivir a la cultura del silencio y al miedo de la población cubana, pero representaría una bofetada al sector intelectual y convertiría una institución jerarquizada como es la militar, en una suerte de polvorín donde cada general sería un fósforo encendido.

Las apuestas sólo se hacen con las fichas en mesa; y Alejandro es, simplemente, una figura que conservará vigencia mientras exista Raúl Castro.

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~ por Juan Juan Almeida en marzo 27, 2015.

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